01.
La música resonaba en mi
cabeza una y otra vez. Irene ya estaba ebria, debido a sus seis cubatas de ron.
Yo llevaba cuatro e iba feliz. Todo me parecía bien y tenía que tener cuidado
de no caerme, no iba muy estable en mis tacones que digamos. La fiesta estaba
en su mejor momento, parejas “bailando”, que quería decir follándose con ropa
puesta. Mucha gente. Muchos chicos. Como los tipos que llevaban desde las doce
mirándonos. Éramos cinco chicas. Irene o Caramelo debido a su pelo rubio, sus
ojos color miel y su estatura que la hacían parecer dulce, Marina o Hielo
debido a su sangre fría acompañada de sus ojos azules claros, Norah o
Temperamental, por su carácter y su cabello rojo, Anna o Ángel debido a su
cabello rubio y sus ojos verdes, además de una personalidad dulce y paciente y
yo, Susana o Bruja debido a mi carácter explosivo y mis ojos de bruja. Éramos
amigas desde hace mucho y tenemos nuestros propios motes pero no dejamos que
otra persona fuera del grupo nos llame por ellos. Es algo de nosotras. Bueno el
caso, que desvarío. Los chicos antes mencionados se acercaban ahora mismo. Eran
uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete chicos. Y uno de ellos casi me
dobla las rodillas. Hice un recorrido con la mirada para localizar a Marina,
Norah y Anna. Se estaban acercando bailando. Iban ebrias también. Qué novedad.
Los chicos ya estaban casi encima de nosotras y, por fin, me fije en el único
chico que me había llamado la atención. Era guapo a rabiar. Pelo castaño claro
que le caía por un lado de la cara, ojos grises que brillaban en ese momento.
Su boca… ¡Qué boca, por Dios! Labios finos pero rellenos que, en ese momento,
tenían una sonrisa lobuna por la que me echaba a temblar. Cuánto más se
acercaba, más alto me parecía y cuando llegó a nuestro lado, tuve que levantar
la cabeza para mirarle a los ojos. Estos no se apartaban de mí. Entonces uno de
sus amigos habló. Bueno, gritó:
-¡Cuánta belleza junta! ¿Qué
tal la noche, chicas?
Este chico no apartaba la
mirada de Anna. Le quedaba como anillo al dedo. Este chico era más bajito que
Sonrisa Lobuna, era rubio y tenía unos alegres ojos azules y apestaba a bondad
y dulzura. ¿Veis? Como anillo al dedo. Anna tampoco se quedaba corta con
miradas. Entonces ella, con su mejor sonrisa, habló:
-Soy Anna.
El chico se quedó medio
embobado con su sonrisa. Prácticamente le faltaba que se le cayera la baba.
-Alex.
Entonces, sin venir a
cuento, se cogieron de la mano y se fueron. Así, sin más, fush. Qué dulce. Y eso mismo me estaba cuchicheando Irene al oído.
-¿Has visto eso? Joder eso
fue dulce, parecían que estaban enamorados nada más verse.
Le sonreí y asentí como
respuesta, con nerviosismo. Ellos no sabían que nosotras teníamos diecisiete
años y que nos habíamos colado aquí. Estos chicos deberían tener entre dieciocho
y veintiún años. Posiblemente estarían todos en la universidad. Me preocupaba
que Anna tuviera problemas, no conocía de nada a ese chico. Lo mejor hubiera
sido ignorarles. Pero no podía evitar sentir la mirada de Sonrisa Lobuna. No me
gusta que los hombres me miren con hambre, no soporto verme como un plato de
comida. Pero con este chico, admití, no me molestaba. Me gustaba. El alcohol me
tenía que sentar muy mal, no le conocía de nada y siento esto. No más bebida
para ti, Susana. Yo seguía dándole vueltas a todo lo que una puede pensar
cuando va casi borracha en mi cabeza y no me di cuenta de que los chicos no
perdían un minuto. Quedaban seis chicos, contando a Sonrisa Lobuna. Es decir,
cinco para mis amigas. No pensaran que pueden conseguir algo con Sonrisa
Lobuna, ¿no? Me habían visto comérmelo con los ojos, así que ya estaba fuera
del mercado para ellas. Irene había desaparecido, lo más seguro que con alguno
de los chicos. Había un moreno de ojos oscuros que la miraba con posesión y
todo. Qué miedo. Marina tenía a dos que, curiosamente, parecían hermanos. Y
Norah tenía a otros dos que prácticamente se mataban a golpes por compartir el
oxígeno con ella. Eso me dejaba sola con mi chico. Espera, ¿mi chico? Ya estoy
delirando, mal rollo. Puede que tuviera novia. O dos. Joder, tenía cara de
poder tener hasta tres. Me di la vuelta para mirarlo y, sorpresa, no estaba. La
desilusión me llenó. Se había ido. Habría visto a alguna chica y estarían ahora
besándose en alguna esquina. Había perdido la oportunidad. Me di la vuelta otra
vez, aunque la última porque no podía tenerme en esos tacones que eran un
pecado para los pies y me dirigí a la barra. Cuando llegué, miré el panorama.
Lady Gaga sonaba en los altavoces y su nueva canción era un éxito. Todos
bailaban y aplaudían al ritmo de la música. Cuando llegó el camarero, pedí un
vodka con limón y una botella de agua. Ese sería mi último cubata. Iba a irme a
buscar una mesa para sentarme cuando alguien se acercó por detrás. Lo sabía
porque esta persona estaba entrando en mi espacio personal, imponiendo
demasiado. Pero antes de darme la vuelta ya sabía quién era. Sólo un chico me
había impuesto así en toda la noche y con una extraña alegría, me di la vuelta
y me encontré con un pecho caliente, un cuerpo que olía a gloria. No sé si la
baba se vio pero yo la sentí en el suelo. Levanté la mirada y ahí estaba.
Entonces habló.
-Por fin te encuentro. La
próxima no te vayas sin avisar, preciosa. Te puede pasar algo.
Le levanté una ceja y
sonreí. Fue sin querer, lo juro.
-Y me lo dice un desconocido
total. ¿Cómo sé que el peligro no eres tú? ¿Y si eres un acosador, qué?
Él se rió por la broma.
Tenía una risa preciosa y una voz profunda y grave. Me encantó.
-Te prometo que no soy un
acosador ni nada por el estilo. Solo soy un chico esperando conocer tu nombre
ya.
Me sonrojé. Su mirada me
hacía sentir caliente y nerviosa. No sé qué narices tenía su mirada que me
hacía reaccionar así. Por lo que, para vengarme, le miré de la misma manera. Yo
sabía que mi mirada imponía si yo quería y esperaba hacerle sentir lo mismo que
lo que me estaba haciendo sentir a mí. Pero él no apartó la mirada, es más, se
acercó sin apartar la vista. Parecía maravillado por una razón. Hola, ojos de
bruja.
-Mi nombre es Susana. Y sí,
sé que mis ojos son raros. Me llaman Bruja por ellos.
No sé por qué dije eso.
Nuestros motes eran cosa de chicas. Él sonrió, viendo la confusión en mi cara.
-Nathiel. Me encantan tus
ojos. Ese color violeta no se ve todos los días.
Nathiel. Hasta su nombre era
bonito. Seguía con el cubata en la mano, así que le di un trago. Él miró todo
el puto movimiento. Madre mía, empezaba a hacer calor allí. Nathiel no se
apartaba y me estaba mirando de una manera que me temblaban las rodillas.
Habría que decirle algún día que su mirada decía mucho más que todas las
palabras. Pero lo más seguro es que no le volviera a ver. No me gustó ese
pensamiento. No me gustó ni un pelo. Entonces él habló:
-¿Vienes a fuera? Te miran
demasiado.
-No sólo me miran a mí,
machote.- Le levanté una ceja y señalé a un grupo de chicas que estaban
comiéndoselo con los ojos. Él sonrió y me pasó un brazo por los hombros.
-Entonces luce, preciosa. Y
yo haré que dejen de mirarte tanto esa panda de imbéciles.
-¿Cómo que lucir? ¿Lucir de
ti? Tendrías que tener algo que lucir.- Le miré a los ojos y le di un guiño. La
sonrisa lobuna estaba de vuelta. Se agachó y me susurró al oído:
-Tú me has comido con la
mirada más que todas las chicas de la fiesta. Creo que si tengo algo que lucir
si me has mirado así. De nada.- Y me dio un beso en la mejilla. Mi cara estaba
toda roja, estoy segura. Por el amor de Dios, qué vergüenza.
-Ya te gustaría a ti que yo
te comiera con la mirada.
-Ay por favor, sonrojada
eres adorable.
Maldita sea su estampa, me
sonrojé el doble.
-Me sonrojo porque hace
calor.- Él sonrió y me apretó contra él. ¡Cómo olía! Inspiré profundamente,
cada vez más maravillada. Y entonces se me escapó la pregunta:
-¿Qué colonia usas?
-No llevo colonia.
Madre del amor hermoso. Ese
es su olor corporal. Casi me desmayo. Y, por supuesto, él se dio cuenta.
-No desfallezcas, preciosa.-
Y un guiño. Parecía una loca acosadora.
-No te asustes, por favor.
Sé que parezco una acosadora.- Le miré a los ojos y los vi risueños. Me apretó
más y dijo:
-Pareces adorable. Pero creo
que podrías tener cierta faceta de acosadora. Tendré que verte otra vez para
comprobarlo.
Ya estábamos fuera. El aire
fresco me vino genial. Me adelanté, separándome de él, le miré y con una
sonrisa enorme dije:
-Te espero encantada.
Me devolvió la sonrisa, me
cogió por la cintura y me susurró al oído:
-Estás muy lejos.
Y ahí me di cuenta de que mi
corazón corría un gran peligro por este chico. Si las cosas seguían así, este
corazón sería de él muy pronto.
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