sábado, 7 de septiembre de 2013

Capítulo 02.

02.
A la mañana siguiente, me desperté en mi habitación con resaca. Hola a los efectos secundarios de estas tonterías. Me levanté y fui al baño a lavarme la cara, todo muy despacio por supuesto. Entonces vi el número escrito en mi brazo. Era el número de Nathiel. Y la sonrisa no me cabía en la cara. Después de la conversación de fuera, volvimos a dentro para buscar a mis amigas. Anna me había enviado un mensaje de que estaba en casa, le había llevado Alex. Marina también se había ido, había cogido un taxi con Norah. Sólo quedaba Irene, que no respondía al móvil. Nathiel llamó al moreno posesivo y se lo cogió una Irene gruñendo que no podían hablar. Y ahí estaban todas. Nathiel me llevó a casa en su coche. ¡Qué coche, por favor! Un Audi A5 de color blanco. Me subí y me quité los tacones, no podía más con esas cosas diabólicas. Le di la dirección y el camino fue relajado, él decía tonterías y yo me reía. Nos picábamos mucho. Me dejó en la puerta pero antes de que pudiera salir me apuntó el número en el brazo y se acercó. Pensé que iba a besarme. Lo hizo. EN LA MEJILLA. Agh yo quería más y sé que él también. Pero no me lo dio. Me dio un guiño y salió para abrirme la puerta y acompañarme hasta el porche. Dulce. Llegamos al porche, yo todavía descalza, por lo que era mucho más bajita que él. Sin tacones me sacaba sus 30 cm. Yo medía 1,63 así que estaría en el 1,90. A parte, parecía más alto por su cuerpo. Tenía hombros anchos y una espalda sobre la que ronronear. Cuando te abrazaba, te envolvía totalmente de lo grande que era. Además tenía el mejor culo que he visto en un tío. Madre del amor hermoso, qué estábamos en la puerta de mi casa y no había nadie. No podía pensar eso. Entonces él me cogió y me abrazó fuerte, envolviéndome una ternura aplastante. Y él susurró:
-Buenas noches, pequeñaja.- Y otro beso en la puñetera mejilla. Estaba a punto de suplicar.- No me mires así, por favor. Me está costando mucho no lanzarme a tu yugular. Te mereces más que unos besos y roces después de una borrachera. Intento ser bueno.
Le sonreí con dulzura y dije, con el corazón latiendo muy rápidamente:
-Te llamo pronto y me demuestras que  es lo que merezco.
Me devolvió la sonrisa, asintió y se alejó a su coche. Yo quería que volviera pero no quería estropear esto. Y así amanecí, recordando todo lo de la noche anterior y queriendo saltar de la felicidad.  A lo mejor me estaba ilusionando mucho, cierto, pero me importaba bien poco. Iba a mandarle un mensaje ahora mismo. Con mi resaca olvidada, cogí mi iPhone y le mandé un mensaje.
Buenos días:) soy Susana, la bruja de anoche jajaja. Me dijiste que necesitabas comprobar si tenía cierta faceta de acosadora. Bueno, pues qué te parece comprobarlo hoy? Te viene bien?
Y enviado. Recibí respuesta a los dos minutos.
Hola Bruja. Me viene bien. Tengo que ir al centro comercial hoy. Quedamos allí. 19:00. Te espero, brujita<3
-¡AAAAAAHHHHGGGGG! Qué monada, por dios.
Y ahí fue cuando entró mi papá.
-¿Qué pasa, Su? ¿Quién es una monada? No será un chico, ¿verdad, renacuajo?
Sí, mi papá me llama renacuajo. Soy eso para él. Fui a darle un abrazo y le di un beso de buenos días.
-Hola papá. Te ves cansado. ¿Llegasteis muy tarde?
-Sí, tu madre está durmiendo ya. Ni se quitó la ropa, se desplomó en la cama como hacías tú cuando eras pequeña.
Me reí con mi padre. Yo era una Mamá más joven con el pelo de papá. Mientras que mi mamá era rubia, yo tenía el pelo negro azulado de mi papá. Por lo demás, soy igual que ella. Y según mi papá, en comportamiento era exactamente igual. Fui con papá a su habitación y ahí estaba.
-Anoche le quité los tacones pero no me dejó quitarle nada más. Encima me susurró que no tenía fuerzas para nada y menos para “eso”.
Me fui corriendo, no quería despertar a mi madre con las carcajadas. Me costó recomponerme, mi madre era la mejor. Mi padre estaba conmigo con una sonrisa enorme en la cara. Se acercó a mí y me abrazó muy fuerte. Y entonces apareció mi pequeña princesa, andando en sus pequeños pies con una mano en los ojos y el pelo revuelto. Se quitó la mano de los ojos, me miró y sonrió, mostrando sus pequeños dientes. Vino corriendo y gritando hacia mí.
-¡Su!
Corrí hacia ella, la cogí y la abracé muy fuerte.
-Hola, princesa. ¿Qué tal ayer con tu amiguita Marta?
Ella levantó los brazos hacia arriba y dijo muy alto:
-¡Chachi! ¡Tiene un perrito muy chiquitito!- A la vez que decía eso, hacía un gesto con las manitas haciendo un círculo, señalando que el perrito era así. Entonces papá se acercó y le dijo:
-Pero bueno, princesa. ¿Y mi beso de buenos días?
-¡Papá!- Y se lanzó de mis brazos a los suyos. Empezó a darle besitos por toda la cara.
-Cariño, baja la voz un poquito, mamá está durmiendo en la habitación y está muy cansada.- Ella abrió mucho los ojos y cerró la boquita con cremallera. Era preciosa. Entonces oímos unos pasos. Y apareció en el umbral... Hugo. Mi hermana chilló de placer.
-¡Hugo!- Él sonrió y mi princesa se lanzó a sus brazos. Algún día se hará daño como siga lanzándose así a los brazos de la gente.  Tenía cuatro añitos y pesaba poco pero se podía caer. Mi hermano mayor cogió a Patricia y la hizo dar vueltas mientras ella gritaba y reía. Mamá se va a despertar, mal rollo.
-Hola, patito. ¿Te lo pasaste muy bien con tu amiga Marta?
Ella repitió la historia del perro a Hugo. Papá estaba en la cocina haciendo el desayuno. Me senté en el sofá y Patricia se sentó encima de mí. Me acomodé para que ella estuviera cómoda y vimos los dibujos que a ella tanto le gustaban. Ella reía y hacía todo lo que la tele le decía que hiciera y yo me reía por las tonterías que hacía. Y, chan chan, apareció mi señora madre. Cabreada. Tenía una cara molesta en la cara pero nos vio a todos ahí y sonrió. Mi hermana corrió hacia ella y mi madre la cogió.
-Hola, patito.
-¿Te hemos despertado, mamá? ¿He sido yo?
-No, mi amor. Me he despertado sola y he seguido el olor a café.
-¿No estás muy cansada?
-Un poquito, cielo.
Mi hermana sonrió y, cogiéndole las mejillas con sus manitas, dijo:
-Yo soy la brujita feliz. Con un besito haré que el bicho malo se valla y mi mamá estará feliz como yo, la brujita feliz.- Y le dio un beso en la frente. Aug, qué dulzura. Corrí hacia ellas y las abracé.
-Princesa, a mi me duele la cabeza. ¿Me das un besito de la bruja feliz?
Mi hermana me cogió de las mejillas y dijo lo mismo que a mi madre. Me dio un beso y yo me derretí. La cogí y le hice cosquillas, haciendo que ella gritara y riera. La dejé en el suelo y ella corrió, queriendo que yo la persiguiera. Se escondió y, mientras la buscaba, me di cuenta de que mi cama se movía. Había un pequeño bulto en la sábana. Sonriendo y riendo bajito para que ella no me escuchara, entré en mi habitación. Me acerqué sigilosamente y tiré de la sábana. Mi princesa gritó e intentó escapar pero no lo consiguió. Y así nos vieron mis padres y Hugo. Mi madre tenía una sonrisa que no le cabía en la cara, igual que la de mi padre y mi hermano miraba a mi princesa con adoración. Todos sabían que el duro de Hugo caía de rodillas si fuera por su hermanita pequeña. Patricia vio a todos y gritó:
-¡Me ha pillado! ¡Se lo habéis dicho vosotros!- Todos reímos y ella cogió una almohada y me la tiró. Entonces mi padre habló:
-Hora de desayunar.
Mi hermano se fue sin dirigirme ni una mirada. A veces creía que me odiaba. No me hablaba mal ni nada por el estilo pero me trataba con una indiferencia que me hacía sentir fría. Si no fuera por Patricia, él ni me miraría. Igual que se sabía que Hugo caía de rodillas por su hermana Patricia, se sabía que no movería un pelo por su hermana Susana. Eso era ley. Ley que me estaba dejando fría cada día. Yo quería a ese idiota. Cuando terminé el desayuno, me fui desanimada a mi habitación. Cada vez que pensaba en lo de Hugo, me deprimía. Entonces me acordé de mi cita con Nathiel. Empecé a mirar que iba a ponerme esta tarde. Y llamaron a la puerta.
-Pasa.
Fue mi madre quien apareció. Cerró la puerta y se sentó en mi cama.
-¿Sales esta tarde, cariño?
Me senté a su lado y le di un beso en la mejilla.
-Buenos días a ti también, mamá. Y sí, iré al centro comercial con…- Maldita sea, me sonrojé. Cada vez que me acordaba de él, el calor subía a mis mejillas. Mi madre lo notó y sonrió ampliamente.
-Con un chico que te encanta, ¿verdad? Y no me engañes, que cuando yo pensaba en salir con tu padre, yo también enrojecía.- ¿Veis? Idénticas hasta en el comportamiento. Daba miedo.
-Sí. Y es tan… demasiado… me hace sonrojar demasiado, es guapísimo y tan… agh no sé explicarme.
Mi madre no paraba de reír, ella me entendía perfectamente.
-Y estabas pensando qué ponerte para esta tarde, ¿verdad?
Solo asentí. Ella se levantó de un salto y me hizo una señal para que le siguiera. Fuimos al salón, donde estaban mi padre y mis hermanos, jugando. Hugo reía sin parar y Patricia se lo comía a besos. Él la abrazaba en respuesta y también le daba besos por todas partes. Sentí una punzada en el corazón. A mí nunca me había dedicado una sonrisa de verdad. En sus veintiún años, nunca me había sonreído como lo hacía con Patricia. Mi madre se dio cuenta de que me pasaba algo y miró donde estaba mirando, me cogió la mano y le dio un apretón. “Tranquila, cariño” quería decir. Fuimos hasta donde estaba mi padre y mi madre empezó:
-Cariño, hoy Su y yo nos vamos de compras.
Mi padre me miró y dijo:
-¿Y eso, renacuajo?
Mamá respondió por mí.
-Hay unas ofertas increíbles. Además, así aprovecho yo para comprarme ropa, que la que tengo me viene un poco pequeña.
Mi padre masculló un “se acabó lo bueno, maldita sea” que me hizo reír a mí y a mi madre ir y darle un beso que una hija no tendría que ver en sus padres.
Media hora después, ya estábamos vestidas en el salón, listas para irnos. Patricia nos vio y dijo:
-¿Vais a algún sitio?
-Sí, princesa. Vamos de compras.
A la listilla le brillaron los ojos al pensar en el centro comercial. Así que se acercó y, poniendo la cara que sabía que nosotras no íbamos a poder resistir, dijo:
-¿Puedo ir?
Miré a mamá, que con una sonrisa asintió. Princesa se puso a saltar y gritar.
-¡Nos vamos de compras! ¡Chachi!
Entonces Hugo me miró. Y me dejó más fría que antes. Estaba enfadado, él estaba pasándoselo muy bien con su hermana y por mi culpa, ya no iba a estar con ella. Me echaba la culpa y se notaba muchísimo. Tenía ganas de llorar. Mi madre lo vio y miró con enfado a Hugo.
-Aparta esa mirada de tu hermana o responderás a la mía, Hugo. Patito no es solo tuya y si ella quiere venir de compras con su hermana y su madre, tú tendrías que estar feliz por ella y no mirar a Su con odio porque se la lleve.
La voz de mi madre sonó casi mortífera. La amaba, aunque supiera que Hugo no había hecho nada malo. Él escupió un “lo siento”, se acercó a Patricia, le dio un beso y se fue. Entonces ella dijo:
-¿Hugo está mal? Mamá, ¿puedo ir a darle un besito de la bruja feliz antes de irnos?- Mi madre sonrió, le dio un beso en la coronilla y asintió. Ella se fue corriendo, con sus rizos rubios rebotando. Miré a mamá, ella asintió y yo seguí a esa pequeñaja. Cuando llegué, vi que Hugo estaba en su cama escuchando música cuando entro Patricia. Él se quitó los cascos y cogió a la pequeñaja en brazos. Ella puso sus manitas en las mejillas de este, repitió el conjuro y le dio un beso en la frente. Hugo rió y le dio un abrazo enorme. Entonces Patricia habló:
-Hugo, ¿es verdad que mirabas a Su con odio porque me iba con ella y con mamá de compras?
Él le acariciaba la espalda mientras escuchaba. Su cara se endureció por un momento, lo que hizo que yo me sintiera peor. Entonces se relajó y le respondió:
-Cariño, a mi no me importa que te vayas con mamá de compras. Solo es que no me gusta que Susana vaya con vosotras y encima te aleje de mí por un capricho de niña mimada.
Yo estaba llorando ahora. Me odia. Dios, cómo me odia.
-Pero Hugo… Su es muy buena conmigo. Me hace cosquillas, me da chuches, dice cosas graciosas, me cuenta cuentos por la noche, me deja dormir siempre que quiera con ella en su cama, hasta me llevó con sus amigas una…
-¿Te llevó con sus amigas?- Ese grito sobresaltó a Patricia. Él, al instante, estaba pidiendo perdón y acariciándole el pelo, dándole besos también. Era increíble que este chico tan dulce me odiara. Y lo peor es que no sabía lo que le había hecho. Él seguía pidiendo perdón.
-Perdóname patito, por favor. No quería gritarte, lo juro.
Ella le dio un beso y dijo:
-No pasa nada. Su dice que si alguien que quieres grita no quiere hacerte daño, solo que el bicho malo le controla.
Él, en vez de sonreír, se enfureció aún más. Entonces mamá estaba detrás de mí. Me había visto llorar y sabía lo que había pasado. Entró y cogió a Patricia.
-Nos vamos, patito. Despídete de tu hermano, preciosa.
Ella le mandó un beso volador y mamá se la llevó. Pasó a mi lado y me indicó que fuera con ella, con dolor en sus ojos. Pero negué con la cabeza. Ahora me tocaba a mí hablar.
Entré en la habitación. Hugo se sorprendió de que entrara, ya que yo tenía prohibido entrar en su habitación. Pero ahora ni a él le importaba, estaba enfadado conmigo. Muchísimo.
-Cierra la puerta.
Su tono era mortífero. Yo cerré la puerta despacio, con tristeza, dolor y un poco de miedo. Hugo era más grande que yo, no tanto como Nathiel pero casi. Intimidaba mucho. Nada más cerré, él empezó:
-¿Te la llevaste con las putas de tus amigas? Te prohíbo que lo vuelvas a hacer. Me niego a que mi hermana esté al lado de esa panda de crías. Ya tengo suficiente con aguantar que esté cerca de ti.
Me estaba haciendo mucho daño. Pero también me enfurecí. Por algo me llaman Bruja aparte de los ojos. Mi carácter era igual que el de mi madre y se iba a enterar de quién era yo de una vez.
-Te voy a decir unas cositas. Punto número uno: No llames putas a mis amigas, son perfectas tal y como son. Punto número dos: Tú a mi no me prohíbes nada y si Patricia quiere ver a mis amigas y mamá me deja, me la llevaré para que la vean. Punto número tres: a mí no me hables como te dé la maldita gana. No soy tu saco de boxeo. Soy tu hermana. Yo tengo que aguantar todo tu maldito odio todos los días y no me quejo. Tengo que aguantar tu frío todos los días y no me quejo. Y lo hago porque te quiero a ti, a nuestra hermana pequeña y a nuestros padres. No sé qué he hecho para que me odies tanto pero no voy a permitir que me alejes de mi hermana.
Maldita fuera su estampa, las lágrimas caían sin que yo quisiera. Me las quitaba con furia y rabia pero seguían cayendo. Pero su cara no cambió. Había el mismo odio. Entonces dijo:
-No me vengas con cuentos ni con lágrimas de cocodrilo. Lárgate.
Me fui corriendo. Cuando llegué al salón, mi madre me esperaba con los brazos abiertos. Mi padre estaba entreteniendo a Patricia para que no me viera así pero mis llantos eran desgarradores. Mi madre me acariciaba y me besaba, intentando darme tranquilidad. Pero no pude evitar que mi princesa me viera así. Estaba riendo cuando me vio y vino corriendo a mí.
-¡Su! ¡Su! ¿Por qué lloras?- Ella empezaba a tener los ojos húmedos y a hacer pucheros. La alcancé y la abracé muy fuerte.
-No llores, mi vida. No me pasa nada. No llores por favor.

Pero sentía las lágrimas de ella en mi hombro y yo me sentí morir. 

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